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jueves 9 de julio de 2009

Nº 2

El oboe nº 2 ha despertado de golpe. Su primera idea, movida por la necesidad de excusa, es recordar que estaba en el auditorio mucho antes de que empezase el ensayo, que su traje está perfectamente compuesto y limpio, que hoy no ha bebido ni gota de alcohol, y que es muy probablemente el oboe que más dominada tiene la pieza que se está interpretando. Qué maldita pieza es? No puede recordarlo ahora mismo, aún está adormilado, pero entiende perfectamente las notas. El compositor, un estirado europeísta, consideró que el inicio de la obra debía ser un insoportable viaje de al menos media hora desde el más absoluto silencio, sólo ocasionalmente roto por ruiditos que seguramente le parecieron de lo más originales, a un súbito estruendo de la orquesta en pleno, que probablemente fue lo que despertó al oboe nº 2. Al tiempo que mira a su alrededor nervioso buscando miradas recriminatorias que no encuentra, da tímidamente sus primeras notas. Durante el comienzo de la obra los oboes son anecdóticos. Se supone que la pieza narra ahora el encuentro entre dos amantes. La mirada del oboe se posa en la violín nº 4, que lo mira fijamente mientras interpreta apresuradas escalas, ante lo cual nuestro oboe retira sus ojos al suelo y acompaña con melodías de relleno, para luego volver la vista hacia la violín, la cual, comprende ahora, no le miraba a él, sino que tiene la vista perdida por la concentración mientras ejecuta la parte más difícil de los violines. El oboe admira la elegancia interpretativa de la violín, y admira también su instrumento, una vieja herramienta gastada que profiere un bellísimo sonido que sólo a él parece resultarle muy peculiar. El oboe consigue despertar del todo y limpiar su cabeza de estos pensamientos justo a tiempo para la parte más difícil, el diálogo de oboes que escenifica el viaje de los enamorados hacia su "tierra prometida", donde no les acaecerán más que desgracias. En este momento, tras una breve introducción melódica, los oboes deben subir y bajar de manera sobrehumana, motivo por el cual el oboe nº1 no acierta en una de las primeras notas. El ventoso viaje hace después fallar a los oboes nº 3 y nº 4 en una misma cadencia, lo que casi desconcierta a un entregado oboe nº 2. Ante el solo del oboe nº 1, el nº 2 no se detiene y ambos tocan al unísono, y nuestro protagonista saca un sonido tan claro que el nº 1 enmudece y le deja hacer el canto al nº 2 en su lugar. Sin saber qué le ha sucedido, el oboe nº 2 se ruboriza por la tremenda indisciplina que manifiesta, y prolonga ya sin aire la última nota pensando que el ensayo cesará en ese momento y tendrá que buscar explicaciones donde no las hay. Sorprendido, en cuanto deja de emitir su música, la orquesta irrumpe prosiguiendo el viaje de los amantes como si nada hubiera sucedido.
El oboe nº 2, acongojado, busca de manera esquiva las posibles reacciones de los demás integrantes, sin atreverse a mirar hacia su derecha, donde seguramente encontraría a un enojadísimo oboe nº 1. Una nueva parte de relleno de los oboes tiene lugar, pero nº 2 está confundido y entra a destiempo cuando ya terminan, teniendo que improvisar una pequeña escala para no llamar la atención sobre su error, escala que encaja asombrosamente bien en la obra. Mira nervioso hacia el lugar del director, pero se da cuenta en ese momento de que la orquesta no tiene director alguno, sino que está dispuesta en círculo rodeando un pequeño espacio vacío sobre el que cae la única iluminación directa. Al mirar hacia arriba, el foco lo deslumbra y el oboe nº 2 vuelve a perderse una nueva parte de los oboes en la pieza, lo que intenta enmendar haciendo un nuevo juego de notas a destiempo que otra vez da un magnífico ambiente a la obra, cuando ya las trompetas claman la desgracia de los amantes. El oboe nº 2, descompuesto, comienza la parte que él piensa que le correspondía ahora, pero se da cuenta al momento de que se ha adelantado al menos ocho compases e intenta enlazar improvisando de un modo bizarro y alegre que da una nueva dimensión a esa parte de la obra. Retoma el hilo correspondiente a cuando debían entrar los oboes pero los oboes no entran, y él aumenta el volumen intentando emular cuatro instrumentos mientras poco a poco los diferentes elementos de la orquesta van cesando su canto. Elabora ritmos imposibles, ya rodeado de silencio, y se esfuerza en modular notas inventadas en una danza convulsa que le hace levantarse de su silla y empujar y atropellar a algunos compañeros, mientras se forma cercando su figura un ambiente oscuro y decadente de inhumana desesperación, y el oboe vomita sus últimas notas en el mismo centro del vacío inundado de luz. Al fin, exhausto y tembloroso, deja de tocar y clava la vista al suelo mientras recupera su respiración, para notar una mano en el hombro y una voz que le dice:
- Ha sido magnífico. Está usted contratado. Los ensayos suelen ser a la misma hora de hoy. - Y dirigiéndose a todos, la voz exclama;- Bueno, nos merecemos un aplauso -y todos aplauden-, hasta mañana!!

sábado 28 de febrero de 2009

La canción de Orfeo

Eurídice es otra bala perdida en el tráfico de la ciudad. Conduce sola de noche junto a un millón de trabajadores expuestos al hilo musical de las ambulancias y la policía. Nada pueden hacer los limpiaparabrisas del coche para borrar las lágrimas de su cansado rostro. Los semáforos sirven para cambiar la emisora; ritmos anodinos no hacen latir un corazón apasionado, las noticias de las nueve no subirán el precio de la vida humana, ni despedirán en masa a los hombres que le romperán la esperanza en dieciocho mil pedazos, ni acusarán de malversación de fondos a los que derrochan los esfuerzos ajenos, cantando a la alegría y la libertad falsadas de sistemas que sólo buscan avanzar pisando las ilusiones de los que alguna vez se atrevieron a soñar con otra cosa.

Cuando el llanto de Eurídice se vuelve eléctrico en chirriantes notas de nostalgia y lástima, ella pisa el freno. La colisión múltiple que provoca a baja velocidad es leve y puede salir del coche nada más que con la nariz sangrando. No es la radio la que llora una amargura universal, sino algo de piel y hueso y cuerdas metálicas. Por encima de los choques y los cristales rompiéndose y las bocinas y los gritos se alza una vieja guitarra distorsionada hacia la que ella se dirige. Orfeo toca entre sus amplificadores las gotas de lluvia que bajan de sus ojos a sus dedos, convirtiéndolas en pulsos de una canción sin final ni armonía que resuena y se estremece en el alma de su atónita espectadora. Ya no estás sola, dice, porque yo lo estoy al igual que tú.

domingo 15 de junio de 2008

Kent

Todo el mundo tenía un kent, y casi todos tenían varios. Contínuamente en los periódicos salían estadísticas de todo tipo respecto a los kents. La media de kents que poseía un ciudadano, el peso medio del kent típico, colores más comunes, quién tenía muchos, quién tenía el más antiguo.

La gente posaba sonriente en las portadas mostrando sus kents. Podría decirse que eran la base de la sociedad. O la cumbre. Los kents no son fáciles de definir. Un kent es algo con valor moral, un objeto, que tiene mucha importancia para su dueño, el cual disfruta simplemente poseyendo el kent.

Desde hacía mas de treinta años era el propio Estado, bien asesorado por un importante gabinete de psicólogos, el que se encargaba de proveer de kents a la sociedad. Los psicólogos se habían dado cuenta de que las personas con “amuletos” de cualquier tipo, objetos de valor sentimental, o lo que fuera, eran más felices por término medio que el resto. No tenían depresiones, no se suicidaban, no mataban a sus semejantes, no devolvían las cintas al videoclub sin rebobinar, no tiraban chicles en las aceras, no llegaban tarde al trabajo, no dejaban la pasta de dientes destapada en el lavabo, y eran magníficos consumidores y trabajadores, y, en definitiva, magníficos ciudadanos. Pero claro, esto era por término medio.

Kent Kowalski por ejemplo, tenía un kent. Había tenido varios a lo largo de su vida. Su primer kent fue un perro, en lo que hoy se conoce como etapa de los Perros. El por aquel entonces nuevo gobierno se entusiasmó y regaló perros como kents. Mala idea. Los kents crecían, cagaban, mordían, comían, ladraban, enfermaban, morían... Fue horrible para miles de niños ver cómo su kent era algo bajo y despreciable, o incluso darse cuenta de que su kent era tan listo como ellos. Desde entonces los kents siempre fueron objetos inanimados. De hecho, cuanto más inanimados, mejor; si eran objetos útiles se desgastaban con el uso, y eso era malo; si eran objetos musicales, por ejemplo, sus melodías acababan por aburrir. Y nadie quería que eso ocurriese.

Kent tenía una grapadora azul. Era un poco más grande que una mano, una grapadora clásica, de color azul. Pero no tenía grapas. De hecho las grapas ya no se fabricaban, no eran necesarias.

Kent era una de las pocas personas que se llamaban Kent. En cuanto los kents se hicieron cosas cotidianas la gente dejó de ponerle ese nombre a sus hijos. Kent tenía treinta y dos años, con lo cual era lo bastante viejo como para llamarse Kent, pero lo bastante joven como para que eso no dejase de ser extraño. A menudo sus amigos harían chistes sobre su nombre, si Kent tuviese amigos.

A Kent nunca le gustó la idea de tener un kent.

Le gustaba el perro, pero no la grapadora.

Era normal llevar tu kent encima, siempre. Mejor dicho, era anormal no llevar tus kents, o al menos uno de ellos. Así pues Kent, a su disgusto, cargaba con la grapadora azul de hierro hasta el trabajo todos los días, la ponía encima de su mesa, y se la llevaba al volver a casa. Pero un día se le olvidó en el autobús.

Al llegar a casa y sentarse en el sillón (bueno, era una silla, pero el Estado había eliminado de las escuelas y diccionarios la palabra silla y sólo existía en su lugar la palabra sillón), no notó la ausencia de la grapadora. Solía guardarla en su maletín negro y nunca abría su maletín negro, salvo para sacar la grapadora si venían visitas, pero eso no ocurría a menudo.

Encendió la televisión. Fue a la cocina para usar el comunicador y pedir un menú Pollo y Sal. Volvió a su silla y mientras esperaba la comida sonó el teléfono. Era el Segundo Oficial Subdirector de Relaciones Administrativas, su jefe.

- Kowalski, disculpa que te llame en horas de ocio. Es sobre los informes SWS. No están.
- Cómo no están? Los archivé hoy mismo. Completos.
- Pues no los veo por ninguna parte. Verás, cuando accedo a tu ficha de hoy el ordenador no me da inguna información. Has venido al trabajo?
- Sí... Sí, de hecho estuve con usted en la cafetería. Qué nombre ha introducido?
- K-O-W-A-L-T-Z-K-I.
- No... No, es Kowalski.
- Lo que yo digo.
- L-S-K.
- Cómo?
- K-O-W-A-L-S-K-I.
- Ya veo. Ajá, afirmativo, Kowitzki. Disfruta la comida.

Su jefe llevaba años escribiendo mal su nombre. Kowalski ya lo tenía asumido. Estaba seguro de que la única vez que lo haría correctamente sería al despedirlo.

Kowalski trabajaba como Ayudante Cualificado de Administración y Secretariado, lo cual significa que durante seis horas al día miraba una terminal de ordenador y movía documentos de un sitio a otro. Su trabajo no le disgustaba. Era fácil, sin responsabilidades, ganaba un dinero aceptable, y no le quitaba mucho tiempo.

Lo único malo era tener que tratar periódicamente con jefes burócratas como Christhoffes Herlmersonnem, la persona con la que había hablado por teléfono.

Sonó un “ding” y fue hacia la cocina. En el montacargas de pedidos había un menú Pollo y Verdura, y un ticket conforme le habían cobrado de su cuenta bancaria el importe de la comida. No odiaba las verduras, pero había pedido un Pollo y Sal.

Cogió el comunicador.

- Servicios Culinarios Estatales, te atiende Anna.
- Hola. Verá, he pedido un menú Pollo y Sal...
- Menú Pollo y Sal, bien. Algo para beber?
- No, no, no estoy haciendo un pedido. Digo que ya he pedido un menú Pollo y Sal, y ustedes me han mandado un menú Pollo y Verdura.
- Y bien?
- Pues... Vaya, pues evidentemente ha ocurrido un error.
- Ah, comprendo. Tú tienes que hablar con Reclamaciones del Consumidor.
- Bien. Cuál es la extensión de Reclamaciones?
- Cómo quieres que yo lo sepa?

Lo pensó y colgó.

Se sentó a comer el Pollo y Verdura y concluyó que si el Estado no prohibiese la venta de sal al pequeño consumidor estas cosas no serían un problema.

Si al menos las operarias no le tuteasen, ni siquiera le importaría que no le hicieran caso.


Al día siguiente se levantó y encargó, como todos los días, un Desayuno Pequeño Con Prisa (el desayuno más consumido por los oficinistas como él, medio croissant sin mantequilla y dos galletas de extracto de galleta, zumo de pomelo y café descafeinado). Como todos los días, se duchó, se vistió, y justo tras peinarse su desayuno estaba listo. Escuchó un resumen de noticias del día en la radio mientras comía, cogió su maletín, y se fue a trabajar en el bus de las ocho y veinte.

A las nueve menos cinco minutos, como todos los días, llegó a la oficina. Saludó al conserje y se metió en el ascensor, coincidiendo, como todos los días, con un viejecillo de mantenimiento a quien le apestaba el aliento.

Se sentó en su cubículo y encendió su terminal. Eran las nueve menos dos minutos.

Abrió su maletín y puso sobre la mesa su agenda electrónica. Su agenda electrónica.


Tardó dos segundos y treinta y una milésimas en darse cuenta de que siempre ponía primero sobre la mesa la grapadora azul. Tardó un segundo y ocho milésimas mas en darse cuenta de que en su maletín no estaba la grapadora azul.

Si la grapadora no estaba ni en la mesa ni en el maletín, sólo podría estar en un sitio: en el autobús que el día anterior le había llevado a casa. Recordaba con claridad haberla sacado y puesto sobre el asiento para enseñársela a un niño que, orgulloso, le había enseñado a él su primer kent, una especie de abrecartas con forma de flor. Las cartas ya no existían.

Esto, claro, era algo imprevisto. Pero no era una tragedia.

Insertó su clave en la terminal y se puso a trabajar.


- Kowalski, y tu grapadora?
- Ayer la olvidé en el autobús.
- La has perdido? Cómo pudiste perderla?
- No la perdí, la olvidé en el autobús.
- Qué pasa? De qué habláis?
- Kowalski perdió su grapadora azul.
- No la perdí, la olvidé en...
- Has perdido la grapadora? Debes estar hecho polvo.
- En realidad...
- Yo conocí a un tipo que en un viaje en avión le perdieron una maleta en la que llevaba sus cuatro kents. Creo que la compañía le indemnizó con doscientos millones.
- Doscientos millones? De qué estáis hablando?
- Kowalski perdió su grapadora.
- La perdiste? Y no consigues recordar dónde la dejaste? Ya verás, cuando menos te lo esperes, lo recordarás, tranquilo. Es cuestión de pensar en otra cosa.
- Cómo va a pensar en otra cosa? Ha perdido su grapadora. Era el único kent que tenía.
- Y por qué tenía solo un kent?

Kowalski dejó de escuchar al grupo de personas que se había reunido alrededor de su cubículo. Al rato, le comunicaron que entre todos habían decidido que lo que debía hacer era ir a la Oficina de Administración Local a pedir otro kent lo antes posible.

Antes de que él tuviese que intentar decirles algo, apareció el jefe de sección, Helmersonnem.

- Qué ocurre aquí?
- Kowalski perdió su grapadora. La grapadora azul.
- No la perdí, la...
- Creemos que debería ir a la Oficina de Administración a encargar otro kent.
- Sí, claro, me parece bien. Vete ahora, Kowitski, abre por las mañanas.
- Ahora? Tengo trabajo. Además, es Kowa...
- No digas tonterías! Estás muy al día y los SWS están perfectos. Cógete el día libre y ve a la Oficina de Administración Local.

Kowalski fue virtualmente arrojado fuera de la oficina y se vio en la calle esperando un autobús que le llevase a la Oficina de Administración Local.


La Oficina de Administración Local era un edificio de única planta, situado en medio de un jardín. Entró por las enormes puertas automáticas de cristal y se dio cuenta de que era la única persona allí. A su alrededor había unos veinte mostradores. Tras fijarse un poco descubrió que tras cada mostrador había de uno a cuatro funcionarios sentados charlando.

Repasó con la vista los carteles de los mostradores y se acercó al que ponía “Servicio Público de Objetos Personales”.

- Hola.

Nadie pareció oírle. Al poco, sin embargo, una mujer de unos treinta y cinco años lo miró enojada y tras decir algo a sus compañeros se acercó al mostrador. Llevaba un uniforme azul con un plástico en el pecho que ponía “Hola, soy Claire”.

No le dijo nada. Se limitó a mirarle fijamente.

- Hola. Verá, resulta que olvidé mi kent en el autobús y quería sustituírlo por otro.

- Ya. Pues allí.

Señaló con la cabeza el mostrador de al lado, donde no había nadie. Dio media vuelta y se fue. “Hola, soy Claire” le dijo algo a una de las chicas con las que estaba charlando y tras algunos minutos ésta se levantó y se fue hacia el mostrador indicado.

Kowalski se desplazó dos metros hacia su izquierda.

- Así que ha perdido usted su kent.
- Bueno, para ser exactos... Sí, así es.
- Ya.

Pausa. Kowalski supuso que tenía que decir algo.

- Claro. Yo lo que quería es otro.
- Considera necesario que necesita atención psicológica?
- Cómo? Pues.. no. No.
- Menos mal. Complicaría muchísimo el proceso. Es que algunas personas al perder su kent sufren una grave depresión.
- Ah.
- Necesito sus datos; número de la seguridad social, nómina, seguro del trabajo, seguro estatal, dos fotos en color, una de la cara y otra de cuerpo entero, huellas digitales, una muestra de su DNA y una prueba de que ha perdido el kent.
- Muy bien. Ha dicho una prueba?
- Claro. Nosotros no sabemos si es verdad que usted ha perdido su kent o no. Si no, sería muy fácil que la gente consiguiese kents así por las buenas, dejando sin kents a los que no tienen.
- Entiendo. Es lógico.

Kowalski lo pensó durante un momento.

- Pero oiga, cómo es posible dar pruebas de que uno ha perdido un kent?
- Esa es la pregunta que usted me haría si no lo hubiese perdido y simplemente quisiera conseguir un kent por su cara bonita.
- No, no, yo lo he perdido de verdad...
- Nunca he dicho lo contrario. A ver, descríbame cómo era su kent.
- Pues era una grapadora azul, de hierro, bastante pesada, unos veinte centímetros de largo o mas, que ponía “Jansen” en el lado izquierdo.
- Azul? Qué azul?
- Pues azul. Azul normal.
- Azul normal.
- Sí. Me la olvidé ayer en un asiento del autobús mientras se la enseñaba a alguien.
- Entonces no la perdió, la olvidó.
- Sí. Así es.
- Usted dijo que la había perdido. En qué quedamos?
- Es que la olvidé, sí, pero al caso, viene a ser lo mismo, porque yo ya no sé dónde está.

En este caso era “Hola, soy Martha”. Martha sonrió con suficiencia y Kowalski se sintió como un niño regañado.

- En fin. A ver, cómo se llama usted?
- Kent Kowalski.
- Kent?

Lo miró como si le estuviese tomando el pelo.

- Así es.
- De acuerdo. Kent Kovalsky.
- No. Es Kowalski. Con W.
- Kowalsky.
- Kowalski. I latina.

Martha resopló ruidosamente. Tecleó de malas maneras en el ordenador y apuntó los datos de la grapadora.

- Mire, lo que voy a hacer será comunicar la desaparición de la grapadora a la compañía de autobuses y a la policía a ver si la han encontrado y la tienen en el Departamento de Objetos de Difícil Localización. Ya le avisaremos.


El día siguiente era sábado. Kowalski se levantó y suspiró desganado mientras se alegraba de al menos no tener que ir a trabajar.

Pidió un menú Desayuno Mediano Sin Prisa y que le pasaran las noticias a la agenda electrónica. No le apetecía escuchar la radio, le dolía la cabeza.

Terminó su croissant y encendió la agenda. Seleccionó “Noticias” y leyó los titulares: Grave aumento del precio de la gasolina, no se llega a ningún acuerdo de paz en Japón, terrible homicidio en la calle Wilde.

Miró sin interés las noticias internacionales y de sucesos. Al estar identificado como estable mentalmente y mayor de 30 años, las noticias que recibía no estaban retocadas para que no hiriesen su sensibilidad. Así pues, pudo ver la foto en la cual un hombre yacía con un charco de sangre bajo su cabeza. Terrible Homicidio en la calle Wilde. La calle Wilde estaba bastante cerca de su trabajo. Por ese interés que tienen las noticias que hablan de algo terrible que ocurre cerca de nosotros, leyó el artículo entero.

“C.H., empleado de una empresa de gestión económica y administrativa, fue hallado muerto hace escasas horas en su apartamento de Wilde después de que los vecinos llamaran a la policía alarmados por el sonido de una reyerta. Al parecer, C.H. fue golpeado brutalmente diecisiete veces en la cabeza con una grapadora de hierro azul que se encontró junto al cadáver. Se desconoce el móvil del asesinato pero fuentes policiales señalan como posible homicida a Kent Kowalsic, oficinista de treinta y dos años. Según declaraciones del Inspector Jefe del caso “La grapadora es una prueba lo bastante clara como para hacer que ese perturbado pase el resto de su vida en la cárcel.” Todos esperamos que así sea.”

Llamaron a la puerta.

martes 15 de enero de 2008

Qué dia tan extraño!

En mi sueño un guitar hero me perseguía levitando y arrojando notas de colores nunca vistos a una velocidad endiablada, y su lacado cabello enmarañado me aprisionaba los hombros y me hacía tropezar. Al despertar de tal pesadilla, me fui a la cocina a beber un vaso de agua, pero del grifo no salió más que una multitud de gusanos. Reflexionando, me di cuenta de que los gusanos no tendrían reparos en comerse mi cadáver por muy mal estado que presentase, así que dejé a un lado mi repulsa y vacié el contenido del vaso en mi gaznate.

Era aún noche cuando salí a la calle a comprar el periódico y noté que me había vestido con una toga al antiguo estilo romano. No tenía bolsillos y por tanto no había bajado ni las llaves ni el dinero, así que fui paseando para avisar a un cerrajero que me devolviera a la seguridad de mi hogar. Por el camino escuché una poderosa música, y cuanto más me acercaba a su procedencia, más se teñía la calle con una atmósfera de eterno lamento y sórdida, morbosa desesperación existencialista. Sin declaración de intenciones ni amenazas previas, unos sentimientos de nostalgia invadieron mi alma y me hicieron añorar la cercanía del amor perdido, el rechazo de una sociedad que no me admitía, y todas aquella cosas que llenaron mi juventud y la convirtieron en única y personal. Cuando la música se hizo ensordecedora, alcé la vista y comprendí que los Cure ensayaban desde lo alto de una Luna cubierta de todas las tonalidades del verde y que me miraba con desdén.

Me sorprendí a mí mismo aullando en posición cuadrúpeda y con los ojos llenos de lágrimas, y me recompuse lo antes posible para alejarme de allí, no fuese el destino que alguien me sorprendiera en tan ridícula situación. La música se alejaba pero cubría el cielo con notas más alegres, al tiempo que la noche desplegaba cuidadosa el velo del amanecer sobre la ciudad...

Un sol rojo y anormalmente grande que no radiaba calor alguno se alzó en un instante hasta lo más alto del cielo, y nubes rosas rodeaban el horizonte. La ciudad, solitaria y tranquila, se erguía con sus torres y avenidas por doquier. Oí una multitud de pasos dados al unísono, y es que desde el fondo de la calle desfilaba un sinfín de libros y volúmenes de todos los tamaños y colores que caminaban rápidos y decididos y que me alcanzarían en poco tiempo. Para no verme arrollado por la masa escrita, trepé hasta lo alto de una farola, que los libros esquivaron dividiendo en dos su ordenada columna, y contemplé paciente cómo pasaban impertérritos y sin prestarme el más mínimo caso. Cuando pasó hasta el último de ellos, bajé de mi torre y me dispuse a volver a mi casa con la intención de echar la puerta abajo si fuese necesario y parapetarme en mi habitación hasta que el mundo decidiese regresar a la normalidad. Pero cuando deshacía mis pasos tuve el presentimiento de que una nueva extravagancia estaba a punto de suceder...

Yo me dirigía decidido hacia mi hogar, cuando el silencio fue atravesado por un timbre chirriante. Era un teléfono público que sonaba al otro lado de la calle. A pesar de que debería haber ignorado la llamada, no pude resistirme a la curiosidad de saber qué nuevas maravillas me depararía ese día. De algún modo supe que esa llamada era para mí, y lanzado por una extraña determinación, atravesé la calzada hasta llegar a la cabina telefónica.

Era esta cabina de paredes de metacrilato sorprendentemente altas, y que estaban atravesadas por surcos como venas y nervios humanos. En su interior, un teléfono antiguo de madera verde, que reposaba sobre un atril de acero, no parecía tener ningún tipo de cable o conexión. Lo miré unos instantes mientras sonaba, y cuando descolgué supe que había sonado ocho veces. Sin decir nada, me limité a escuchar al otro lado de la línea. La voz metálica que hablaba daba la impresión de estar en mitad de un discurso sobre el significado de los números, y entre sus palabras se oía el canto de mamíferos acuáticos. Me esforcé por seguir el hilo de la disertación, y mi visión se volvió borrosa y fue enseguida empañada por un negro tapiz de oscuridad. Quise soltar el teléfono y huír del lugar, pero no percibía el movimiento de mis músculos y me sentí caer en un insondable abismo durante varios minutos, a medida que la voz metálica se volvía más clara y yo me unía gritando a los chillidos de delfines y ballenas.

Cuando un brusco silencio se unió a la negrura que me rodeaba, ésta se desvaneció entre las luces rosadas de espirales ditirámbicas y me vi viajando a través de una nube de estrellas, en dirección a mi sofá favorito, que flotaba en la bruma. Lo alcancé y tomé asiento mientras la ingravidez desaparecía y las luces estelares tomaban la forma de los muebles de mi salón, mi televisor, mi alfombra, las paredes y el techo. Y me desperté de mi viaje lisérgico en la seguridad de mi casa, creyendo que todo lo vivido aquel dia había sido pura fantasía, pero a mi pesar, vestido con una toga romana.

domingo 15 de julio de 2007

Bollitos Calientes

Aunque el camino que tomó para regresar a su pension era el habitual, H. fue sorprendido con un aroma de pan horneado cuya procedencia desconocía. A esas horas de la noche, y con los excesos del vino que esos dias se dieron, H. no dudó un momento en posponer su paseo nocturno por los abandonados callejones de los suburbios y dedicar todo su afán en encontrar el lugar del que provenía ese olor cálido y reconfortante. La simple aspiración de los efluvios de la harina tostada le daba un vigor extraordinario que lo sacó de su sopor dionisiaco y puso alerta sus sentidos.

Guiándose por el olfato de su apetito, se dejó ir por las intrincadas y sucias calles, con los nervios a flor de piel. Notaba a cada paso que se acercaba a su objetivo, y distinguía más y más facetas de ese enriquecedor efluvio. Al fin llegó a una pequeña plazoleta que se veía totalmente inundada por el dulce rastro del pan y los bollos cocidos. Buscó ávido entre los portales de la pequeña plaza y pronto halló un bajo con luz en su puerta abierta. Sin lugar a dudas era esa la panadería. H. entró como un lobo en un corral de gansos, pero la habitación se encontraba vacía, y al fondo una pequeña puerta llevaba al horno. Como no había nadie para atenderlo, H. se sintió un poco decepcionado y ansioso, pero se dispuso a esperar, mientras una oportuna tos intentaba llamar la atencion de algún dependiente. Enseguida apreció que de la habitación contigua, el horno, brotaba un calor asfixiante, y se dispuso a abanicarse con un pequeño libro de poemas que leía a ratos por aquellos tiempos y que siempre llevaba consigo. Quiso la casualidad que fuera en ese momento cuando alguien entró en la panadería, y H. se sintió avergonzado por haber sido sorprendido abanicándose de ese modo.

La mujer que entró, que más tarde se presentaría como R, se vio en la misma situación que H. minutos antes, y observando que había gente a la espera, se dispuso a hacer lo mismo. Saludó con timidez a H. durante un momento. H se molestó al darse cuenta de que debía estar visiblemente sudoroso, pues el calor seguía estando presente con fuerza y de hecho parecía aumentar sin parar. Hizo un comentario cortés con R. sobre las agobiantes temperaturas y ella le sonrió algo avergonzada, pues a la vista estaba que hasta hace pocos minutos habia estado bebiendo con dureza. Durante unos instantes R. y H. permanecieron en silencio, aspirando el olor a caramelo caliente que llenaba la estancia. Ruborizados por el calor y el sofoco, se vieron impulsados a acercarse a la puerta para tomar la brisa de la calle, pero se chocaron en el dintel y confudieron el olor y la textura de los bollos calientes con el de sus respectivos cuerpos. Sus labios se acercaron sin miedo y se entregaron al temblor de sus piernas, sin ver que un panadero, pues asi parecia por su delantal, había salido de la habitación del horno y los contemplaba muy serio. Al poco el panadero exclamó con una voz fuerte y áspera, sin que R. ni H. lo oyesen:

- Más harina!! - y mientras R. y H. se quitaban las ropas sin saber si era por el calor o por el deseo, el panadero les arrojaba puñados de harina de trigo, que se les pegaban a la piel por el sudor.

- Más agua !! - gritó de nuevo el panadero con su voz de madera, y R. alzó su rostro al notar una cálida lluvia, y vio las gotas de agua y sudor en las manchas de harina de la cara de H.

- Más calor !! - se alzó la voz otra vez, y R. y H., que ya no creían estar en una panadería, sino en el infierno, se sintieron derretir sin remedio.